Serie Clásica

Fuera de Este Mundo

Pensar en la Cuarta Dimensión

by Neville Goddard
Gnostic Library
1949
Un libro de Neville Goddard

Fuera de Este Mundo

Pensar en la Cuarta Dimensión

1949

El libro más teórico de Neville, un intento de explicar por qué funciona la técnica en términos de tiempo, espacio y la estructura de la conciencia. Marca el paso de los escritos prácticos de comienzos de los años cuarenta al territorio metafísico de los libros posteriores, y es el puente hacia la segunda mitad mística de su enseñanza. Cuatro capítulos breves sobre el pensar en la cuarta dimensión, la suposición que se vuelve hecho, el poder de la imaginación y la verdad de que no hay nadie a quien cambiar sino a uno mismo.

About Fuera de Este Mundo

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Fuera de Este Mundo recoge una serie de charlas en las que Neville se aparta de la instrucción práctica para preguntarse por qué la imaginación crea la realidad. Su respuesta es el tiempo: el futuro ya existe, preparado en cada detalle, en un mundo de una dimensión mayor que el nuestro, y la imaginación es el órgano con el que lo recorremos y lo alteramos.

Los cuatro capítulos avanzan de lo abstracto a lo íntimo. El primero enseña a pensar en la cuarta dimensión y entrega la técnica del sueño de vigilia controlado. El segundo muestra cómo una suposición sostenida se endurece hasta convertirse en hecho. El tercero celebra el poder de la imaginación como la única realidad operante. El cuarto cierra con la verdad central de toda su obra: no hay nada que cambiar sino el concepto de uno mismo.

Es un libro para leer después de haber probado el método, no antes. Su valor no está en darte una técnica nueva, sino en mostrarte el terreno sobre el que pisas cada vez que imaginas con sentimiento.

Fuera de Este Mundo

El azar o el accidente no son responsables de las cosas que te suceden, ni el destino predestinado es el autor de tu fortuna o tu desdicha. Tus impresiones subconscientes determinan las condiciones de tu mundo. El subconsciente no es selectivo; es impersonal y no hace acepción de personas. Al subconsciente no le concierne la verdad o falsedad de tu sentimiento. Siempre acepta como verdadero aquello que sientes como verdadero. El sentimiento es el asentimiento del subconsciente a la verdad de aquello que se declara ser verdad. Debido a esta cualidad del subconsciente, no hay nada imposible para el hombre. Cualquier cosa que la mente del hombre pueda concebir y sentir como verdadera, el subconsciente puede y debe objetivar. Tus sentimientos crean el patrón a partir del cual se forma tu mundo, y un cambio de sentimiento es un cambio de patrón.

Neville Goddard, Resurrección

Capítulo Uno: PENSAR EN LA CUARTA DIMENSIÓN

Y os lo he dicho antes de que suceda, para que cuando suceda, creáis. [Juan 14:29] MUCHAS personas, yo incluido, hemos observado acontecimientos antes de que ocurrieran; es decir, antes de que ocurrieran en este mundo de tres dimensiones. Puesto que el hombre puede observar un acontecimiento antes de que ocurra en las tres dimensiones del espacio, la vida en la tierra debe transcurrir según un plan, y este plan debe existir en otra parte, en otra dimensión, y moverse lentamente a través de nuestro espacio.

Si los acontecimientos que ocurrían no estaban en este mundo cuando fueron observados, entonces, para ser perfectamente lógicos, debían estar fuera de este mundo. Y todo lo que está allí para ser visto antes de que ocurra aquí debe estar “Predeterminado” desde el punto de vista del hombre despierto en un mundo tridimensional.

Así surge la pregunta: ¿somos capaces de alterar nuestro futuro? Mi objetivo al escribir estas páginas es señalar las posibilidades inherentes al hombre, mostrar que el hombre puede alterar su futuro; pero, así alterado, forma de nuevo una secuencia determinista que parte del punto de interferencia, un futuro que será coherente con la alteración.

La característica más notable del futuro del hombre es su flexibilidad. Está determinado por sus actitudes más que por sus actos.

La piedra angular sobre la que se basan todas las cosas es el concepto que el hombre tiene de sí mismo. Actúa como actúa y tiene las experiencias que tiene porque su concepto de sí mismo es el que es, y por ninguna otra razón. Si tuviera un concepto distinto de sí mismo, actuaría de otra manera. Un cambio en el concepto de sí mismo altera automáticamente su futuro: y un cambio en cualquier término de su serie futura de experiencias altera recíprocamente su concepto de sí mismo.

Las suposiciones del hombre, que él considera insignificantes, producen efectos considerables; por lo tanto, el hombre debería revisar su estimación de una suposición y reconocer su poder creador. Todos los cambios tienen lugar en la conciencia. El futuro, aunque preparado en cada detalle de antemano, tiene varios desenlaces.

En cada momento de nuestra vida tenemos ante nosotros la elección de cuál de varios futuros escogeremos. Hay dos perspectivas reales sobre el mundo que cada uno posee: un foco natural y un foco espiritual. Los antiguos maestros llamaron a uno “la mente carnal” y al otro “la mente de Cristo”.

Podemos diferenciarlos como la conciencia ordinaria de vigilia, gobernada por nuestros sentidos, y una imaginación controlada, gobernada por el deseo. Reconocemos estos dos centros de pensamiento distintos en la afirmación: “El hombre natural no percibe las cosas del espíritu de Dios, porque para él son locura; ni las puede entender, porque se disciernen espiritualmente” [Corintios 2:14].

La visión natural confina la realidad al momento llamado ahora. Para la visión natural, el pasado y el futuro son puramente imaginarios.

La visión espiritual, en cambio, ve los contenidos del tiempo. Ve los acontecimientos tan distintos y separados como los objetos en el espacio. El pasado y el futuro son un presente entero para la visión espiritual. Lo que es mental y subjetivo para el hombre natural es concreto y objetivo para el hombre espiritual. El hábito de ver solo aquello que nuestros sentidos permiten nos vuelve totalmente ciegos a lo que de otro modo podríamos ver.

Para cultivar la facultad de ver lo invisible, debemos a menudo desenredar deliberadamente nuestra mente de la evidencia de los sentidos y enfocar nuestra atención en un estado invisible, sintiéndolo mentalmente y percibiéndolo hasta que tenga toda la nitidez de la realidad. El pensamiento sincero y concentrado, enfocado en una dirección particular, excluye otras sensaciones y hace que desaparezcan.

Solo tenemos que concentrarnos en el estado deseado para verlo. El hábito de retirar la atención de la región de la sensación y concentrarla en lo invisible desarrolla nuestra visión espiritual y nos permite penetrar más allá del mundo de los sentidos y ver aquello que es invisible.

“Porque las cosas invisibles de él, desde la creación del mundo, se ven claramente” (Romanos 1:20). Esta visión es completamente independiente de las facultades naturales. ¡Ábrela y avívala! Sin ella, estas instrucciones son inútiles, pues “las cosas del espíritu se disciernen espiritualmente”.

Un poco de práctica nos convencerá de que podemos, controlando nuestra imaginación, reformar nuestro futuro en armonía con nuestro deseo. El deseo es el resorte de la acción. No podríamos mover ni un solo dedo si no tuviéramos el deseo de moverlo. Hagamos lo que hagamos, seguimos el deseo que en ese momento domina nuestra mente. Cuando rompemos un hábito, nuestro deseo de romperlo es mayor que nuestro deseo de continuar en él.

Los deseos que nos impulsan a la acción son los que retienen nuestra atención. Un deseo no es más que la conciencia de algo que nos falta o que necesitamos para hacer nuestra vida más placentera. Los deseos siempre tienen a la vista alguna ganancia personal; cuanto mayor es la ganancia anticipada, más intenso es el deseo. No hay deseo absolutamente desinteresado. Donde no hay nada que ganar no hay deseo, y por consiguiente no hay acción.

El hombre espiritual le habla al hombre natural a través del lenguaje del deseo. La clave del progreso en la vida y del cumplimiento de los sueños reside en la pronta obediencia a su voz. La obediencia sin vacilación a su voz es una asunción inmediata del deseo cumplido. Desear un estado es tenerlo.

Como dijo Pascal: “No me habrías buscado si no me hubieras encontrado ya.” El hombre, al asumir el sentimiento de su deseo cumplido, y luego vivir y actuar sobre esta convicción, altera el futuro en armonía con su suposición. Las suposiciones despiertan aquello que afirman. Tan pronto como el hombre asume el sentimiento de su deseo cumplido, su yo de la cuarta dimensión encuentra los medios para alcanzar ese fin, descubre los métodos para su realización.

No conozco definición más clara de los medios por los cuales realizamos nuestros deseos que experimentar en la imaginación lo que experimentaríamos en la carne si alcanzáramos nuestra meta. Esta experiencia del fin quiere los medios. Con su perspectiva más amplia, el yo de la cuarta dimensión construye entonces los medios necesarios para realizar el fin aceptado.

La mente indisciplinada encuentra difícil asumir un estado que los sentidos niegan. He aquí una técnica que facilita encontrar los acontecimientos antes de que ocurran, “llamar las cosas que no son como si fuesen” [Romanos 4:17]. La gente tiene el hábito de menospreciar la importancia de las cosas sencillas; pero esta sencilla fórmula para cambiar el futuro se descubrió tras años de búsqueda y experimentación.

El primer paso para cambiar el futuro es el deseo, es decir: define tu objetivo, sabe con exactitud lo que quieres. Segundo: construye un acontecimiento que creas que encontrarías tras el cumplimiento de tu deseo, un acontecimiento que implique el cumplimiento de tu deseo, algo en lo que predomine la acción del yo.

Tercero: inmoviliza el cuerpo físico e induce una condición semejante al sueño, recuéstate en una cama o relájate en una silla e imagina que tienes sueño; luego, con los párpados cerrados y tu atención enfocada en la acción que pretendes experimentar, en la imaginación, siéntete mentalmente dentro de la acción propuesta, imaginando todo el tiempo que estás realmente realizando la acción aquí y ahora. Siempre debes participar en la acción imaginaria, no quedarte atrás mirando, sino sentir que realmente estás realizando la acción, de modo que la sensación imaginaria sea real para ti.

Es importante recordar siempre que la acción propuesta debe ser una que siga al cumplimiento de tu deseo; y, además, debes sentirte dentro de la acción hasta que tenga toda la viveza y nitidez de la realidad.

Por ejemplo: supón que deseas un ascenso en la oficina. Que te feliciten sería un acontecimiento que encontrarías tras el cumplimiento de tu deseo. Habiendo elegido esta acción como la que experimentarás en la imaginación, inmoviliza el cuerpo físico e induce un estado semejante al sueño, un estado somnoliento, pero en el que aún puedas controlar la dirección de tus pensamientos, un estado en el que estés atento sin esfuerzo. Ahora, imagina que un amigo está de pie ante ti. Pon tu mano imaginaria en la suya. Primero siéntela sólida y real, luego mantén con él una conversación imaginaria en armonía con la acción. No te visualices a la distancia en el espacio y a la distancia en el tiempo siendo felicitado por tu buena fortuna. En cambio, haz que el allá sea aquí, y el futuro, ahora. El acontecimiento futuro es una realidad ahora en un mundo dimensionalmente mayor; y, curiosamente, ahora en un mundo dimensionalmente mayor equivale a aquí, en el espacio tridimensional ordinario de la vida cotidiana.

La diferencia entre sentirte en acción, aquí y ahora, y visualizarte en acción, como si estuvieras en una pantalla de cine, es la diferencia entre el éxito y el fracaso.

La diferencia se apreciará si ahora te visualizas subiendo una escalera. Luego, con los párpados cerrados, imagina que una escalera está justo frente a ti y siente que realmente la estás subiendo. El deseo, la inmovilidad física rayana en el sueño, y la acción imaginaria en la que el yo predomina con sentimiento, aquí y ahora, no solo son factores importantes para alterar el futuro, sino que son condiciones esenciales para proyectar conscientemente el yo espiritual. Si, cuando el cuerpo físico está inmovilizado, nos posee la idea de hacer algo, e imaginamos que lo estamos haciendo aquí y ahora y mantenemos la acción imaginaria con sentimiento hasta que sobreviene el sueño, es probable que despertemos fuera del cuerpo físico para encontrarnos en un mundo dimensionalmente mayor, con un foco dimensionalmente mayor, haciendo realmente lo que deseábamos e imaginábamos estar haciendo en la carne.

Pero, despertemos allí o no, estamos realmente realizando la acción en el mundo de la cuarta dimensión, y la volveremos a representar en el futuro, aquí, en el mundo tridimensional.

La experiencia me ha enseñado a restringir la acción imaginaria, a condensar la idea que ha de ser objeto de nuestra meditación en un solo acto, y a representarlo una y otra vez hasta que tenga el sentimiento de la realidad. De lo contrario, la atención se desviará por un sendero asociativo, y multitud de imágenes asociadas se presentarán a nuestra atención. En unos segundos nos llevarán a cientos de kilómetros de nuestro objetivo en el espacio, y a años de distancia en el tiempo. Si decidimos subir un tramo de escaleras en particular, porque ese es el acontecimiento probable que seguirá a la realización de nuestro deseo, entonces debemos restringir la acción a subir ese tramo de escaleras en particular. Si nuestra atención se desvía, debemos traerla de vuelta a su tarea de subir ese tramo de escaleras y seguir haciéndolo hasta que la acción imaginaria tenga toda la solidez y nitidez de la realidad. La idea debe mantenerse en el campo de la presentación sin ningún esfuerzo perceptible de nuestra parte. Debemos, con el mínimo esfuerzo, impregnar la mente con el sentimiento del deseo cumplido.

La somnolencia facilita el cambio porque favorece la atención sin esfuerzo, pero no debe llevarse hasta la etapa del sueño, en la cual ya no podremos controlar los movimientos de nuestra atención, sino más bien un grado moderado de somnolencia en el que aún podamos dirigir nuestros pensamientos.

Una manera muy eficaz de encarnar un deseo es asumir el sentimiento del deseo cumplido y luego, en un estado relajado y somnoliento, repetir una y otra vez, como una canción de cuna, cualquier frase breve que implique el cumplimiento de nuestro deseo, como “Gracias”, como si nos dirigiéramos a un poder superior por haberlo hecho por nosotros.

Sin embargo, si buscamos una proyección consciente a un mundo dimensionalmente mayor, entonces debemos mantener la acción hasta que sobrevenga el sueño. Experimenta en la imaginación, con toda la nitidez de la realidad, lo que experimentarías en la carne si alcanzaras tu meta; y la encontrarás, con el tiempo, en la carne, como la encontraste en tu imaginación.

Alimenta la mente con premisas, es decir, afirmaciones que se presumen verdaderas, porque las suposiciones, aunque irreales para los sentidos, si se persiste en ellas hasta que tengan el sentimiento de la realidad, se endurecerán hasta convertirse en hechos. Para una suposición, todos los medios que promueven su realización son buenos. Influye en la conducta de todos al inspirar en todos los movimientos, las acciones y las palabras que tienden hacia su cumplimiento.

Para comprender cómo el hombre moldea su futuro en armonía con su suposición debemos saber qué queremos decir con un mundo dimensionalmente mayor, pues es a un mundo dimensionalmente mayor adonde vamos para alterar nuestro futuro. La observación de un acontecimiento antes de que ocurra implica que el acontecimiento está predeterminado desde el punto de vista del hombre en el mundo tridimensional. Por lo tanto, para cambiar las condiciones aquí, en las tres dimensiones del espacio, primero debemos cambiarlas en las cuatro dimensiones del espacio.

El hombre no sabe exactamente qué se quiere decir con un mundo dimensionalmente mayor, y sin duda negaría la existencia de un yo dimensionalmente mayor. Está bastante familiarizado con las tres dimensiones de longitud, anchura y altura, y siente que si hubiera una cuarta dimensión, debería serle tan obvia como las dimensiones de longitud, anchura y altura.

Una dimensión no es una línea; es cualquier forma en que algo puede medirse que sea enteramente distinta de todas las demás formas. Es decir, para medir un sólido en la cuarta dimensión, simplemente lo medimos en cualquier dirección excepto la de su longitud, anchura y altura. ¿Existe otra manera de medir un objeto distinta de las de su longitud, anchura y altura? El tiempo mide mi vida sin emplear las tres dimensiones de longitud, anchura y altura.

No existe tal cosa como un objeto instantáneo. Su aparición y desaparición son medibles. Perdura durante un lapso de tiempo definido. Podemos medir su duración sin usar las dimensiones de longitud, anchura y altura. El tiempo es definitivamente una cuarta forma de medir un objeto.

Cuantas más dimensiones tiene un objeto, más sustancial y real se vuelve. Una línea recta, que yace enteramente en una dimensión, adquiere forma, masa y sustancia con la adición de dimensiones. ¿Qué nueva cualidad daría el tiempo, la cuarta dimensión, que lo haría tan vastamente superior a los sólidos como los sólidos lo son a las superficies y las superficies a las líneas?

El tiempo es un medio para los cambios en la experiencia, porque todos los cambios toman tiempo. La nueva cualidad es la mutabilidad.

Observa que si bisecamos un sólido, su sección transversal será una superficie; al bisecar una superficie, obtenemos una línea; y al bisecar una línea, obtenemos un punto. Esto significa que un punto no es más que una sección transversal de una línea, que es, a su vez, solo una sección transversal de una superficie, que es, a su vez, solo una sección transversal de un sólido, que es, a su vez, si se lleva a su conclusión lógica, solo una sección transversal de un objeto de cuatro dimensiones.

No podemos evitar la inferencia de que todos los objetos tridimensionales no son más que secciones transversales de cuerpos de cuatro dimensiones. Lo cual significa: cuando te encuentro, encuentro una sección transversal del tú de cuatro dimensiones, el yo de la cuarta dimensión que no se ve. Para ver el yo de la cuarta dimensión debo ver cada sección transversal o momento de tu vida, desde el nacimiento hasta la muerte, y verlos todos como coexistentes.

Mi foco debería abarcar toda la serie de impresiones sensoriales que has experimentado en la tierra, además de aquellas que podrías encontrar. Debería verlas, no en el orden en que las experimentaste, sino como un presente entero. Como el cambio es la característica de la cuarta dimensión, debería verlas en un estado de flujo, como un todo vivo y animado.

Si tenemos todo esto claramente fijado en nuestra mente, ¿qué significa para nosotros en este mundo tridimensional? Significa que, si podemos movernos a lo largo de la longitud del tiempo, podemos ver el futuro y alterarlo como deseemos. Este mundo, que creemos tan sólidamente real, es una sombra de la cual, y más allá de la cual, podemos en cualquier momento pasar.

Es una abstracción de un mundo más fundamental y dimensionalmente mayor, un mundo más fundamental abstraído de un mundo aún más fundamental y dimensionalmente mayor, y así hasta el infinito. Lo absoluto es inalcanzable por ningún medio o análisis, sin importar cuántas dimensiones añadamos al mundo.

El hombre puede probar la existencia de un mundo dimensionalmente mayor simplemente enfocando su atención en un estado invisible e imaginando que lo ve y lo siente. Si permanece concentrado en este estado, su entorno presente se desvanecerá, y despertará en un mundo dimensionalmente mayor donde el objeto de su contemplación será visto como una realidad objetiva concreta.

Intuitivamente siento que, si abstrajera sus pensamientos de este mundo dimensionalmente mayor y se retirara aún más adentro de su mente, provocaría de nuevo una exteriorización del tiempo. Descubriría que cada vez que se retira a su mente interior y provoca una exteriorización del tiempo, el espacio se vuelve dimensionalmente mayor. Y, por lo tanto, concluiría que tanto el tiempo como el espacio son seriales, y que el drama de la vida no es más que el ascenso de un bloque de tiempo de múltiples dimensiones.

Los científicos algún día explicarán por qué existe un Universo Serial. Pero, en la práctica, cómo usamos este Universo Serial para cambiar el futuro es más importante. Para cambiar el futuro, solo necesitamos ocuparnos de dos mundos en la serie infinita: el mundo que conocemos por medio de nuestros órganos corporales, y el mundo que percibimos independientemente de nuestros órganos corporales.

El futuro, aunque preparado en cada detalle de antemano, tiene varios desenlaces.

Capítulo Dos: LAS SUPOSICIONES SE VUELVEN HECHOS

Los hombres creen en la realidad del mundo externo porque no saben cómo enfocar y condensar sus poderes para penetrar su delgada corteza. Este libro tiene un solo propósito: quitar el velo de los sentidos, el viajar a otro mundo. Para quitar el velo de los sentidos no empleamos un gran esfuerzo; el mundo objetivo se desvanece al apartar de él nuestra atención.

Solo tenemos que concentrarnos en el estado deseado para verlo mentalmente, pero para darle realidad de modo que se convierta en un hecho objetivo, debemos enfocar la atención en el estado invisible hasta que tenga el sentimiento de la realidad. Cuando, mediante la atención concentrada, nuestro deseo parece poseer la nitidez y el sentimiento de la realidad, le hemos dado el derecho de convertirse en un hecho concreto visible.

Si te resulta difícil controlar la dirección de tu atención mientras estás en un estado semejante al sueño, puede serte muy útil mirar fijamente un objeto. No mires su superficie, sino dentro y más allá de cualquier objeto sencillo, como una pared, una alfombra, o cualquier otro objeto que posea profundidad.

Disponlo de modo que devuelva el menor reflejo posible. Imagina entonces que en esa profundidad estás viendo y oyendo lo que quieres ver y oír, hasta que tu atención esté exclusivamente ocupada por el estado imaginado. Al final de tu meditación, cuando despiertes de tu “sueño de vigilia controlado”, sentirás como si hubieras regresado de una gran distancia.

El mundo visible que habías excluido vuelve a la conciencia y, por su sola presencia, te informa de que te habías autoengañado al creer que el objeto de tu contemplación era real.

Pero, si sabes que la conciencia es la única y sola realidad, permanecerás fiel a tu visión, y con esta actitud mental sostenida confirmarás tu don de la realidad, y probarás que tienes el poder de dar realidad a tus deseos para que se conviertan en hechos concretos visibles.

Define tu ideal y concentra tu atención en la idea de identificarte con tu ideal. Asume el sentimiento de serlo, el sentimiento que sería tuyo si ya fueras la encarnación de tu ideal. Luego vive y actúa sobre esta convicción. Esta suposición, aunque negada por los sentidos, si se persiste en ella, se convertirá en hecho. Sabrás que has logrado fijar el estado deseado en la conciencia simplemente mirando mentalmente a las personas que conoces. En los diálogos contigo mismo eres menos inhibido y más sincero que en las conversaciones reales con otros; por lo tanto, la oportunidad para el autoanálisis surge cuando te sorprendes en tus conversaciones mentales con otros.

Si los ves como antes los veías, no has cambiado tu concepto de ti mismo, pues todos los cambios en los conceptos de uno mismo resultan en una relación cambiada con tu mundo.

En tu meditación, permite que otros te vean como te verían si este nuevo concepto de ti mismo fuera un hecho concreto. Siempre pareces a los demás una encarnación del ideal que inspiras. Por lo tanto, en la meditación, cuando contemplas a otros, debes ser visto por ellos mentalmente como serías visto por ellos físicamente si tu concepto de ti mismo fuera un hecho objetivo; es decir, en la meditación imaginas que ellos te ven expresando aquello que deseas ser.

Si asumes que eres lo que quieres ser, tu deseo se cumple, y, en el cumplimiento, todo anhelo se neutraliza. No puedes seguir deseando lo que ya has realizado. Tu deseo no es algo por lo que trabajas para cumplir, es reconocer algo que ya posees. Es asumir el sentimiento de ser aquello que deseas ser. Creer y ser son uno.

El concebidor y su concepción son uno; por lo tanto, aquello que te concibes ser nunca puede estar tan lejos como para estar siquiera cerca, pues la cercanía implica separación. “Si puedes creer, al que cree todo le es posible” [Marcos 9:23].

Ser es la sustancia de las cosas que se esperan, la evidencia de las cosas que aún no se ven [cf. Hebreos 11:1]. Si asumes que eres lo que quieres ser, entonces verás a los demás según se relacionan con tu suposición. Si, en cambio, es el bien de otros lo que deseas, entonces, en la meditación, debes representártelos como si ya fueran aquello que deseas que sean.

Es a través del deseo que te elevas por encima de tu esfera presente, y el camino del anhelo al cumplimiento se acorta a medida que experimentas en la imaginación lo que experimentarías en la carne si ya fueras la encarnación del ideal que deseas ser.

He afirmado que el hombre tiene, en cada momento del tiempo, la elección ante sí de cuál de varios futuros encontrará; pero surge la pregunta: “¿Cómo es posible eso cuando las experiencias del hombre, despierto en el mundo tridimensional, están predeterminadas?”, como implica su observación de un acontecimiento antes de que ocurra. Esta capacidad de cambiar el futuro se verá si comparamos las experiencias de la vida en la tierra con esta página impresa.

El hombre experimenta los acontecimientos en la tierra uno a uno y sucesivamente, del mismo modo en que ahora experimentas las palabras de esta página.

Imagina que cada palabra de esta página representa una sola impresión sensorial. Para captar el contexto, para entender mi significado, enfocas tu vista en la primera palabra de la esquina superior izquierda y luego mueves tu foco a través de la página de izquierda a derecha, dejándolo caer sobre las palabras una a una y sucesivamente. Para cuando tus ojos llegan a la última palabra de esta página, has extraído mi significado. Supón, sin embargo, que al mirar la página, con todas las palabras impresas igualmente presentes, decidieras reordenarlas. Podrías, al reordenarlas, contar una historia enteramente distinta; de hecho, podrías contar muchas historias distintas.

Un sueño no es más que pensamiento de cuarta dimensión incontrolado, o el reordenamiento de impresiones sensoriales tanto pasadas como futuras. El hombre rara vez sueña con los acontecimientos en el orden en que los experimenta cuando está despierto. Suele soñar con dos o más acontecimientos que están separados en el tiempo, fundidos en una sola impresión sensorial; o, en su sueño, reordena tan completamente sus impresiones sensoriales únicas de vigilia que no las reconoce cuando las encuentra en su estado de vigilia.

Por ejemplo: soñé que entregaba un paquete en el restaurante de mi edificio de apartamentos. La anfitriona me dijo: “No puede dejar eso ahí”; tras lo cual, el ascensorista me dio unas cartas y, mientras le agradecía por ellas, él, a su vez, me agradeció. En ese punto apareció el ascensorista del turno de noche y me saludó con la mano.

Al día siguiente, al salir de mi apartamento, recogí unas cartas que habían dejado en mi puerta. De camino abajo le di una propina al ascensorista del día y le agradecí por ocuparse de mi correo; tras lo cual, él me agradeció por la propina. A mi regreso a casa ese día oí a un portero decirle a un repartidor: “No puede dejar eso ahí.” Cuando estaba por tomar el ascensor hacia mi apartamento, me atrajo un rostro familiar en el restaurante, y, al asomarme, la anfitriona me saludó con una sonrisa. Tarde esa noche acompañé a mis invitados a cenar hasta el ascensor y, al despedirme de ellos, el ascensorista de la noche me deseó buenas noches con la mano.

Simplemente reordenando algunas de las impresiones sensoriales únicas que estaba destinado a encontrar, y fundiendo dos o más de ellas en impresiones sensoriales únicas, construí un sueño que difería bastante de mi experiencia de vigilia. Cuando hayamos aprendido a controlar los movimientos de nuestra atención en el mundo de la cuarta dimensión, seremos capaces de crear conscientemente circunstancias en el mundo tridimensional.

Aprendemos este control a través del sueño de vigilia, donde nuestra atención puede mantenerse sin esfuerzo, pues la atención sin esfuerzo es indispensable para cambiar el futuro. Podemos, en un sueño de vigilia controlado, construir conscientemente un acontecimiento que deseamos experimentar en el mundo tridimensional.

Las impresiones sensoriales que usamos para construir nuestro sueño de vigilia son realidades presentes desplazadas en el tiempo, o el mundo de la cuarta dimensión. Todo lo que hacemos al construir el sueño de vigilia es seleccionar, de la vasta serie de impresiones sensoriales, aquellas que, cuando se ordenan apropiadamente, implican que hemos realizado nuestro deseo. Con el sueño claramente definido, nos relajamos en una silla e inducimos un estado de conciencia semejante al sueño, un estado que, aunque rayano en el sueño, nos deja en control consciente de los movimientos de nuestra atención. Cuando hemos alcanzado ese estado, experimentamos en la imaginación lo que experimentaríamos en la realidad si este sueño de vigilia fuera un hecho objetivo. Al aplicar esta técnica para cambiar el futuro es importante recordar siempre que lo único que ocupa la mente durante el sueño de vigilia es el sueño de vigilia, la acción predeterminada que implica el cumplimiento de nuestro deseo.

Cómo el sueño de vigilia se convierte en hecho físico no es asunto nuestro. Nuestra aceptación del sueño de vigilia como realidad física quiere los medios para su cumplimiento. Permíteme de nuevo sentar el fundamento del cambio del futuro, que no es más que un sueño de vigilia controlado. Define tu objetivo, sabe con exactitud lo que quieres.

Construye un acontecimiento que creas que encontrarás tras el cumplimiento de tu deseo, algo en lo que predomine la acción del yo, un acontecimiento que implique el cumplimiento de tu deseo.

Inmoviliza el cuerpo físico e induce un estado de conciencia semejante al sueño; luego, siéntete mentalmente dentro de la acción propuesta, imaginando todo el tiempo que realmente estás realizando la acción aquí y ahora, de modo que experimentes en la imaginación lo que experimentarías en la carne si ahora realizaras tu meta.

La experiencia me ha convencido de que esta es la manera perfecta de alcanzar mi meta. Sin embargo, mis propios muchos fracasos me condenarían si diera a entender que he dominado por completo los movimientos de mi atención. Puedo, no obstante, decir con el antiguo maestro: “Una cosa hago: olvidando lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta, hacia el premio.” [Filipenses 3:13,14.]

Una suposición, aunque falsa, si se persiste en ella, se endurecerá hasta convertirse en hecho.

Capítulo Tres: EL PODER DE LA IMAGINACIÓN

“Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” [Juan 8:32]. Los hombres afirman que un juicio verdadero debe ajustarse a la realidad externa con la que se relaciona. Esto significa que si yo, estando preso, me sugiero que soy libre y logro creer que soy libre, es cierto que creo en mi libertad; pero no se sigue que sea libre, pues podría ser víctima de una ilusión.

Pero, debido a mis propias experiencias, he llegado a creer en tantas cosas extrañas que veo pocas razones para dudar de la verdad de cosas que están más allá de mi experiencia. Los antiguos maestros nos advirtieron que no juzgáramos por las apariencias porque, decían, la verdad no necesita ajustarse a la realidad externa con la que se relaciona.

Afirmaban que damos falso testimonio si imaginamos el mal contra otro, que no importa cuán real parezca ser nuestra creencia, cuán fielmente se ajuste a la realidad externa con la que se relaciona, si no hace libre a aquel de quien sostenemos la creencia, es falsa y, por lo tanto, un juicio falso.

Estamos llamados a negar la evidencia de nuestros sentidos y a imaginar como verdadero de nuestro prójimo aquello que lo hace libre. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.” Para conocer la verdad de nuestro prójimo debemos asumir que ya es aquello que desea ser. Cualquier concepto que sostengamos de otro que sea inferior a su deseo cumplido no lo hará libre y, por lo tanto, no puede ser la verdad.

En lugar de aprender mi oficio en escuelas donde asistir a cursos y seminarios se considera un sustituto del conocimiento adquirido por uno mismo, mi formación se dedicó casi exclusivamente al poder de la imaginación.

Permanecía durante horas imaginándome ser otro que aquello que mi razón y mis sentidos dictaban, hasta que los estados imaginados eran vívidos como la realidad, tan vívidos que los transeúntes se volvían parte de mi imaginación y actuaban como yo quería. Por el poder de la imaginación, mi fantasía guiaba la de ellos y les dictaba su comportamiento y el discurso que sostenían juntos mientras yo me identificaba con mi estado imaginado.

La imaginación del hombre es el hombre mismo, y el mundo, tal como la imaginación lo ve, es el mundo real, pero es nuestro deber imaginar todo lo que es amable y de buen nombre [Filipenses 4:8]. “Porque el Señor no mira como mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón” [1 Samuel 16:7].

“Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” [Proverbios 23:7]. En la meditación, cuando el cerebro se vuelve luminoso, encuentro mi imaginación dotada del poder magnético de atraer hacia mí cualquier cosa que desee. El deseo es el poder que la imaginación usa para moldear la vida a mi alrededor tal como la moldeo dentro de mí mismo.

Primero deseo ver a cierta persona o escena, y luego miro como si estuviera viendo aquello que quiero ver, y el estado imaginado se vuelve objetivamente real. Deseo oír, y luego escucho como si estuviera oyendo, y la voz imaginada dice aquello que yo dicto como si ella hubiera iniciado el mensaje.

Podría darte muchos ejemplos para probar mis argumentos, para probar que estos estados imaginados sí se convierten en realidades físicas; pero sé que mis ejemplos despertarán en todos los que no hayan vivido algo semejante, o que no se inclinen hacia mis argumentos, la más natural incredulidad.

No obstante, la experiencia me ha convencido de la verdad de la afirmación: “Llama las cosas que no son como si fuesen” [Romanos 4:17]. Pues yo he, en meditación intensa, llamado cosas que no se veían como si fuesen, y lo no visto no solo llegó a verse, sino que con el tiempo se convirtió en realidad física.

Por este método, primero desear y luego imaginar que estamos experimentando aquello que deseamos experimentar, podemos moldear el futuro en armonía con nuestro deseo. Pero sigamos el consejo del profeta y pensemos solo en lo amable y lo bueno, pues la imaginación nos atiende con la misma indiferencia y rapidez cuando nuestra naturaleza es mala que cuando es buena. De nosotros brotan el bien y el mal. “He puesto delante de ti hoy la vida y el bien, la muerte y el mal” [Deuteronomio 30:15]. El deseo y la imaginación son la varita del encantador de las fábulas, y atraen hacia sí sus propias afinidades. Brotan mejor cuando la mente está en un estado semejante al sueño.

He escrito con cierto cuidado y detalle el método que uso para entrar en el mundo dimensionalmente mayor, pero daré una fórmula más para abrir la puerta del mundo mayor.

“En sueño, en visión nocturna, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, en el adormecimiento sobre el lecho; entonces abre los oídos de los hombres, y sella su instrucción” [Job 33:15,16]. En el sueño solemos ser siervos de nuestra visión más que sus dueños, pero la fantasía interna del sueño puede convertirse en una realidad externa. En el sueño, como en la meditación, nos deslizamos de este mundo a un mundo dimensionalmente mayor, y sé que las formas en el sueño no son imágenes planas bidimensionales, como creen los psicólogos modernos. Son realidades sustanciales del mundo dimensionalmente mayor, y puedo asirlas. He descubierto que, si me sorprendo soñando, puedo asir cualquier forma inanimada o estacionaria del sueño, una silla, una mesa, una escalera, un árbol, y ordenarme despertar mientras sostengo firmemente el objeto del sueño; soy arrastrado a través de mí mismo con la sensación nítida de despertar de un sueño. Despierto en otra esfera sosteniendo el objeto de mi sueño, para descubrir que ya no soy el siervo de mi visión sino su dueño, pues estoy plenamente consciente y en control de los movimientos de mi atención. Es en este estado plenamente consciente, cuando estamos en control de la dirección del pensamiento, que llamamos las cosas que no se ven como si fuesen. En este estado llamamos las cosas deseando y asumiendo el sentimiento de nuestro deseo cumplido.

A diferencia del mundo de las tres dimensiones, donde hay un intervalo entre nuestra suposición y su cumplimiento, en el mundo dimensionalmente mayor hay una realización inmediata de nuestra suposición. La realidad externa refleja al instante nuestra suposición. Aquí no hay necesidad de esperar cuatro meses hasta la cosecha [ver Juan 4:35]. Miramos de nuevo como si viéramos, y he aquí, los campos ya están blancos para la cosecha.

En este mundo dimensionalmente mayor: “No tendréis que pelear; apostaos, quedaos quietos y ved la salvación del Señor con vosotros” [Crónicas 20:17]. Y, como ese mundo mayor pasa lentamente a través de nuestro mundo tridimensional, podemos, por el poder de la imaginación, moldear nuestro mundo en armonía con nuestro deseo.

Mira como si vieras; escucha como si oyeras; extiende tu mano imaginaria como si tocaras… Y tus suposiciones se endurecerán hasta convertirse en hechos. Para quienes creen que un juicio verdadero debe ajustarse a la realidad externa con la que se relaciona, esto será locura y piedra de tropiezo [1 Corintios 1:23].

Pero yo predico y practico el fijar en la conciencia aquello que el hombre desea realizar. La experiencia me convence de que las actitudes mentales fijas que no se ajustan a la realidad externa con la que se relacionan, y por eso se llaman imaginarias, “cosas que no son”, sin embargo, “reducirán a nada las cosas que son” [1 Corintios 1:28].

No deseo escribir un libro de maravillas, sino más bien volver la mente del hombre a la única y sola realidad que los antiguos maestros adoraban como Dios.

Todo lo que se dijo de Dios se dijo en realidad de la conciencia del hombre, de modo que podemos decir: “que, según está escrito, el que se gloría, gloríese en su propia conciencia” [1 Corintios 1:31; 2 Corintios 10:17,18; “Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra”, Jeremías 9:24].

Ningún hombre necesita ayuda que lo dirija en la aplicación de esta ley de la conciencia. “Yo soy” es la autodefinición de lo absoluto. La raíz de la cual todo crece. “Yo soy la vid” [Juan 15:1; 15:5]. ¿Cuál es tu respuesta a la eterna pregunta: “quién soy yo”?

Tu respuesta determina el papel que desempeñas en el drama del mundo. Tu respuesta, es decir, tu concepto de ti mismo, no necesita ajustarse a la realidad externa con la que se relaciona. Esta gran verdad se revela en las afirmaciones: “Diga el débil: fuerte soy” [Joel 3:10]. Mira atrás, a las buenas resoluciones con que están cargados muchos años nuevos pasados. Vivieron un poco y luego murieron. ¿Por qué? Porque estaban cortadas de su raíz. Asume que eres aquello que quieres ser.

Experimenta en la imaginación lo que experimentarías en la carne si ya fueras aquello que quieres ser. Permanece fiel a tu suposición, de modo que te definas como aquello que has asumido. Las cosas no tienen vida si están cortadas de sus raíces, y nuestra conciencia, nuestro “Yo Soy”, es la raíz de todo lo que brota en nuestro mundo.

“Si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis” [Juan 8:24], es decir, si no creo que ya soy aquello que deseo ser, entonces permanezco como estoy y muero en mi presente concepto de mí mismo. No hay poder, fuera de la conciencia del hombre, para resucitar y dar vida a aquello que el hombre desea experimentar.

Aquel hombre que esté acostumbrado a evocar a voluntad cualesquiera imágenes que le plazcan será, en virtud del poder de su imaginación, dueño de su destino. “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá” [Juan 11:25]. “Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”

Aquel hombre que esté acostumbrado a evocar a voluntad cualesquiera imágenes que le plazcan será, en virtud del poder de su imaginación, dueño de su destino.

Capítulo Cuatro: NO HAY NADIE A QUIEN CAMBIAR SINO A UNO MISMO

“Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad” [Juan 17:19]. El ideal al que servimos y nos esforzamos por alcanzar nunca podría brotar de nosotros si no estuviera potencialmente implicado en nuestra naturaleza. Es ahora mi propósito volver a contar y enfatizar una experiencia mía publicada hace dos años. Creo que estas citas de “LA BÚSQUEDA” nos ayudarán a comprender la operación de la ley de la conciencia, y a mostrarnos que no tenemos a nadie a quien cambiar sino a nosotros mismos.

Una vez, en un intervalo ocioso en el mar, medité sobre “el estado perfecto”, y me pregunté qué sería yo si fuera de ojos demasiado puros para contemplar la iniquidad, si para mí todas las cosas fueran puras y si estuviera sin condenación. Cuando me perdí en esta ardiente cavilación, me encontré elevado por encima del oscuro entorno de los sentidos. Tan intenso era el sentimiento que me sentí un ser de fuego habitando un cuerpo de aire. Voces, como de un coro celestial, con la exaltación de quienes habían sido vencedores en un conflicto con la muerte, cantaban: “Ha resucitado, ha resucitado”, e intuitivamente supe que se referían a mí. Luego me pareció caminar en la noche. Pronto llegué a una escena que podría haber sido el antiguo Estanque de Betesda, pues en ese lugar yacía una gran multitud de impotentes, ciegos, cojos, paralíticos, que esperaban, no el movimiento del agua como en la tradición, sino que me esperaban a mí. Cuando me acerqué, sin pensamiento ni esfuerzo de mi parte, fueron, uno tras otro, moldeados como por el Mago de lo Bello. Ojos, manos, pies, todos los miembros que faltaban, eran extraídos de algún reservorio invisible y moldeados en armonía con aquella perfección que sentía brotar dentro de mí. Cuando todos fueron hechos perfectos, el coro exultó: “Consumado es.” Luego la escena se disolvió y desperté.

Sé que la visión fue el resultado de mi intensa meditación sobre la idea de la perfección, pues mis meditaciones invariablemente producen la unión con el estado contemplado. Había estado tan completamente absorto en la idea que por un tiempo me había convertido en aquello que contemplaba, y el alto propósito con el que por ese momento me había identificado atrajo la compañía de cosas elevadas y moldeó la visión en armonía con mi naturaleza interior. El ideal con el que estamos unidos obra, por asociación de ideales, para despertar mil estados de ánimo y crear un drama acorde con la idea central.

Mis experiencias místicas me han convencido de que no hay manera de producir la perfección exterior que buscamos sino mediante la transformación de nosotros mismos.

En la economía divina nada se pierde. No podemos perder nada salvo por descenso desde la esfera donde la cosa tiene su vida natural. No hay poder transformador en la muerte y, ya sea que estemos aquí o allá, moldeamos el mundo que nos rodea por la intensidad de nuestra imaginación y sentimiento, e iluminamos u oscurecemos nuestra vida por los conceptos que sostenemos de nosotros mismos. Nada es más importante para nosotros que nuestra concepción de nosotros mismos, y esto es especialmente cierto de nuestro concepto del Grande dimensionalmente que está dentro de nosotros.

Quienes nos ayudan o nos estorban, lo sepan o no, son los siervos de aquella ley que da forma a las circunstancias externas en armonía con nuestra naturaleza interior. Es nuestra concepción de nosotros mismos la que nos libera o nos constriñe, aunque pueda usar agentes materiales para lograr su propósito.

Como la vida moldea el mundo exterior para reflejar el arreglo interior de nuestra mente, no hay manera de producir la perfección exterior que buscamos sino mediante la transformación de nosotros mismos. Ninguna ayuda viene de afuera; las colinas hacia las que alzamos nuestros ojos son las de una cordillera interior. Es así a nuestra propia conciencia a la que debemos volvernos como a la única realidad, el único fundamento sobre el cual todos los fenómenos pueden explicarse. Podemos confiar absolutamente en la justicia de esta ley para que nos dé solo aquello que es de la naturaleza de nosotros mismos.

Intentar cambiar el mundo antes de cambiar nuestro concepto de nosotros mismos es luchar contra la naturaleza de las cosas.

No puede haber cambio exterior hasta que primero haya un cambio interior. Como es adentro, así es afuera. No abogo por la indiferencia filosófica cuando sugiero que debemos imaginarnos como ya siendo aquello que queremos ser, viviendo en una atmósfera mental de grandeza, en lugar de usar medios físicos y argumentos para producir el cambio deseado.

Todo lo que hacemos, no acompañado por un cambio de conciencia, no es más que un fútil reajuste de superficies. Por más que trabajemos o luchemos, no podemos recibir más de lo que nuestras suposiciones afirman. Protestar contra cualquier cosa que nos sucede es protestar contra la ley de nuestro ser y nuestro dominio sobre nuestro propio destino.

Las circunstancias de mi vida están demasiado estrechamente relacionadas con mi concepción de mí mismo como para no haber sido formadas por mi propio espíritu desde algún almacén dimensionalmente mayor de mi ser. Si hay dolor para mí en estos sucesos, debería buscar dentro de mí mismo la causa, pues soy movido de aquí para allá y hecho vivir en un mundo en armonía con mi concepto de mí mismo.

La meditación intensa produce una unión con el estado contemplado, y durante esta unión vemos visiones, tenemos experiencias y nos comportamos en consonancia con nuestro cambio de conciencia. Esto nos muestra que una transformación de la conciencia resultará en un cambio de entorno y de comportamiento.

Todas las guerras prueban que las emociones violentas son extremadamente potentes para precipitar reordenamientos mentales. Todo gran conflicto ha sido seguido por una era de materialismo y codicia en la que los ideales por los cuales el conflicto se libró ostensiblemente quedan sumergidos. Esto es inevitable porque la guerra evoca el odio, que impele un descenso en la conciencia desde el plano del ideal al nivel donde se libra el conflicto.

Si pudiéramos emocionarnos tan intensamente por nuestros ideales como nos emocionamos por nuestras aversiones, ascenderíamos al plano de nuestro ideal con la misma facilidad con que ahora descendemos al nivel de nuestros odios. El amor y el odio tienen un poder transformador mágico, y crecemos, mediante su ejercicio, a semejanza de aquello que contemplamos.

Por la intensidad del odio creamos en nosotros mismos el carácter que imaginamos en nuestros enemigos. Las cualidades mueren por falta de atención, así que los estados poco amables podrían borrarse mejor imaginando “belleza en lugar de cenizas y gozo en lugar de luto” [Isaías 61:3], en vez de mediante ataques directos al estado del que quisiéramos liberarnos. “Todo lo que es amable y de buen nombre, en esto pensad” [Filipenses 4:8], pues nos convertimos en aquello con lo que estamos en sintonía.

No hay nada que cambiar sino nuestro concepto de nosotros mismos. Tan pronto como logramos transformar el yo, nuestro mundo se disolverá y se reformará en armonía con aquello que nuestro cambio afirma. FIN.

No hay nada que cambiar sino nuestro concepto de nosotros mismos.

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