Serie Clásica

La Búsqueda

by Neville Goddard
Gnostic Library
1946
Un libro de Neville Goddard

La Búsqueda

1946

Originalmente una pieza más corta, reunida después con La Imaginación Despierta. La Búsqueda es el registro de una experiencia mística que Neville reclamó como propia, transcrita para el lector que quiere saber cómo es realmente el despertar visto desde dentro. Breve, devocional, inolvidable.

About La Búsqueda

La Búsqueda no enseña una técnica: muestra su fruto. En unas pocas páginas, Neville relata una visión interior en la que se ve elevado por encima del mundo de los sentidos y, sin esfuerzo, sana y perfecciona todo lo que contempla. Es el testimonio del estado al que conducen todas sus demás obras.

Por su brevedad y su tono de confesión, conviene leerla en silencio y sin prisa, dejando que las imágenes obren más que las explicaciones. Es un texto para sentir, no para analizar.

La Búsqueda

Una vez, en un intervalo ocioso en el mar, medité sobre “el estado perfecto”, y me pregunté qué sería yo si fuera de ojos demasiado puros para contemplar la iniquidad, si para mí todas las cosas fueran puras y estuviera yo sin condenación. Mientras me perdía en esta ardiente contemplación, me hallé elevado por encima del oscuro entorno de los sentidos. Tan intenso era el sentimiento que me sentí un ser de fuego morando en un cuerpo de aire. Voces como de un coro celestial, con la exaltación de aquellos que habían sido vencedores en un conflicto con la muerte, cantaban “Ha resucitado, ha resucitado”, e intuitivamente supe que se referían a mí.

Luego me pareció estar caminando en la noche. Pronto llegué a una escena que bien pudo haber sido el antiguo Estanque de Betesda, pues en este lugar yacía una gran multitud de personas impotentes: ciegos, cojos, paralíticos, esperando no el movimiento del agua como cuenta la tradición, sino esperándome a mí. A medida que me acercaba, sin pensamiento ni esfuerzo de mi parte, eran, uno tras otro, modelados como por el Mago de lo Bello. Ojos, manos, pies, todos los miembros que faltaban eran extraídos de algún invisible depósito y modelados en armonía con aquella perfección que sentía brotar dentro de mí. Cuando todos fueron hechos perfectos, el coro exultó “Consumado es”. Entonces la escena se disolvió y desperté.

Sé que esta visión fue el resultado de mi intensa meditación sobre la idea de la perfección, pues mis meditaciones invariablemente producen unión con el estado contemplado. Me había absorbido tan completamente dentro de la idea que por un momento me había convertido en aquello que contemplaba, y el alto propósito con el que por ese instante me había identificado atrajo la compañía de cosas elevadas y configuró la visión en armonía con mi naturaleza interior. El ideal con el que estamos unidos obra por asociación de ideas para despertar mil estados de ánimo y crear un drama acorde con la idea central.

Descubrí por primera vez esta estrecha relación entre los estados de ánimo y la visión cuando tenía unos siete años. Me hice consciente de una vida misteriosa que se avivaba dentro de mí como un océano tempestuoso de aterradora fuerza. Siempre sabía cuándo iba a unirme con esta identidad oculta, pues mis sentidos estaban expectantes en las noches de estas visitaciones y sabía sin lugar a duda que antes del amanecer estaría a solas con la inmensidad. Tanto temía estas visitaciones que permanecía despierto hasta que mis ojos, de pura agotamiento, se cerraban. Al cerrarse mis ojos en el sueño, ya no estaba solitario sino traspasado de parte a parte por otro ser, y sin embargo sabía que era yo mismo. Parecía más antiguo que la vida, y sin embargo más cercano a mí que mi niñez. Si cuento lo que descubrí en estas noches, lo hago no para imponer mis ideas a otros sino para dar esperanza a aquellos que buscan la ley de la vida. Descubrí que mi estado de ánimo expectante obraba como un imán para unirme con este Yo Mayor, mientras que mis temores lo hacían aparecer como un mar tempestuoso. De niño, concebía este yo misterioso como poderío, y en mi unión con él sentía su majestad como un mar tempestuoso que me empapaba, y luego me revolvía y me arrojaba como a una ola indefensa.

Como hombre lo concebí como amor y a mí mismo como hijo suyo, y en mi unión con él, ahora, ¡qué amor me envuelve! Es un espejo para todos. Sea lo que sea que lo concibamos ser, eso es para nosotros. Creo que es el centro a través del cual se trazan todos los hilos del universo; por lo tanto, he alterado mis valores y cambiado mis ideas de modo que ahora dependen de esta única causa de todo lo que existe y están en armonía con ella. Es para mí esa realidad inmutable que configura las circunstancias en armonía con nuestros conceptos de nosotros mismos.

Mis experiencias místicas me han convencido de que no hay manera de producir la perfección exterior que buscamos sino mediante la transformación de nosotros mismos. Tan pronto como logramos transformarnos a nosotros mismos, el mundo se derretirá mágicamente ante nuestros ojos y se reconfigurará en armonía con aquello que nuestra transformación afirma.

Contaré otras dos visiones porque corroboran la verdad de mi afirmación de que nosotros, por intensidad de amor y de odio, nos convertimos en aquello que contemplamos.

Una vez, con los ojos cerrados y vueltos radiantes por la contemplación, medité sobre la eterna pregunta, “¿Quién soy yo?”, y me sentí disolverme gradualmente en un mar sin orillas de luz vibrante, pasando la imaginación más allá de todo temor a la muerte. En este estado nada existía sino yo mismo, un océano ilimitado de luz líquida. Nunca me he sentido más íntimo con el Ser. Cuánto duró esta experiencia no lo sé, pero mi regreso a la tierra fue acompañado de una distinta sensación de cristalizar de nuevo en forma humana.

En otra ocasión, me recosté en mi cama y con los ojos cerrados como en el sueño medité sobre el misterio de Buda. Al poco tiempo las oscuras cavernas de mi cerebro comenzaron a volverse luminosas. Me parecía estar rodeado de nubes luminosas que emanaban de mi cabeza como anillos ardientes y pulsantes. Por un tiempo no vi nada sino estos anillos luminosos. Luego apareció ante mis ojos una roca de cristal de cuarzo. Mientras la contemplaba, el cristal se quebró en pedazos que manos invisibles modelaron rápidamente en el Buda viviente. Al mirar esta figura meditativa, vi que era yo mismo. Yo era el Buda viviente a quien contemplaba. Una luz como la del sol resplandecía desde esta imagen viviente de mí mismo con creciente intensidad hasta que estalló. Luego la luz se desvaneció gradualmente y una vez más estuve de regreso en la negrura de mi habitación.

¿De qué esfera o tesoro de designio vino este ser más poderoso que lo humano, sus vestiduras, el cristal, la luz? Si vi, oí y me moví en un mundo de seres reales cuando me parecía a mí mismo estar caminando en la noche, cuando los cojos, los paralíticos, los ciegos fueron transformados en armonía con mi naturaleza interior, entonces estoy justificado en suponer que tengo un cuerpo más sutil que el físico, un cuerpo que puede desprenderse del físico y usarse en otras esferas; pues ver, oír, moverse son funciones de un organismo por etéreo que sea. Si reflexiono sobre la alternativa de que mis experiencias psíquicas fueran fantasía engendrada por mí mismo, no menos me veo movido a maravillarme ante este yo más poderoso que destella en mi mente un drama tan real como aquellos que experimento cuando estoy plenamente despierto.

Lo que imaginamos, eso somos.

En estas ardientes meditaciones he entrado una y otra vez, y sé sin lugar a duda que ambas suposiciones son verdaderas.

Alojado dentro de esta forma de tierra hay un cuerpo sintonizado con un mundo de luz, y yo, mediante intensa meditación, lo he elevado como con un imán a través del cráneo de esta oscura casa de carne. La primera vez que desperté los fuegos dentro de mí pensé que mi cabeza estallaría. Hubo una intensa vibración en la base de mi cráneo, luego un súbito olvido de todo. Entonces me hallé revestido de una vestidura de luz y unido por un cordón elástico plateado al cuerpo dormido sobre la cama. Tan exaltados eran mis sentimientos que me sentí emparentado con las estrellas. En esta vestidura recorrí esferas más familiares que la tierra, pero descubrí que, como en la tierra, las condiciones eran modeladas en armonía con mi naturaleza. “Fantasía engendrada por uno mismo”, te oigo decir. No más que las cosas de la tierra. Soy un ser inmortal que se concibe a sí mismo como hombre y forma mundos a semejanza e imagen de mi concepto de mí mismo.

Lo que imaginamos, eso somos. Por medio de nuestra imaginación hemos creado este sueño de la vida, y por medio de nuestra imaginación volveremos a entrar en ese eterno mundo de luz, convirtiéndonos en aquello que éramos antes de imaginar el mundo. En la divina economía nada se pierde. No podemos perder nada salvo por descenso de la esfera donde la cosa tiene su vida natural. No hay poder transformador en la muerte y, ya sea que estemos aquí o allí, configuramos el mundo que nos rodea por la intensidad de nuestra imaginación y nuestro sentimiento, e iluminamos u oscurecemos nuestras vidas por los conceptos que sostenemos de nosotros mismos. Nada es más importante para nosotros que nuestra concepción de nosotros mismos, y especialmente es esto cierto de nuestro concepto del profundo y oculto Ser dentro de nosotros.

Aquellos que nos ayudan o nos estorban, sépanlo o no, son los siervos de aquella ley que da forma a las circunstancias exteriores en armonía con nuestra naturaleza interior. Es nuestra concepción de nosotros mismos la que nos libera o nos constriñe, aunque pueda usar agencias materiales para lograr su propósito.

Porque la vida moldea el mundo exterior para reflejar la disposición interior de nuestras mentes, no hay manera de producir la perfección exterior que buscamos sino mediante la transformación de nosotros mismos. Ninguna ayuda viene de afuera; los montes a los que alzamos nuestros ojos son los de una cordillera interior. Es así a nuestra propia conciencia a la que debemos volvernos como a la única realidad, el único fundamento sobre el cual pueden explicarse todos los fenómenos. Podemos confiar absolutamente en la justicia de esta ley para que nos dé únicamente aquello que es de la naturaleza de nosotros mismos.

Intentar cambiar el mundo antes de cambiar nuestro concepto de nosotros mismos es luchar contra la naturaleza de las cosas. No puede haber cambio exterior hasta que primero haya un cambio interior. Como es adentro, así es afuera. No estoy abogando por la indiferencia filosófica cuando sugiero que deberíamos imaginarnos a nosotros mismos como siendo ya aquello que queremos ser, viviendo en una atmósfera mental de grandeza, en lugar de usar medios físicos y argumentos para producir el cambio deseado. Todo lo que hacemos, no acompañado de un cambio de conciencia, no es más que un fútil reajuste de superficies. Por más que trabajemos o luchemos, no podemos recibir más de lo que nuestras suposiciones subconscientes afirman. Protestar contra cualquier cosa que nos sucede es protestar contra la ley de nuestro ser y contra nuestra soberanía sobre nuestro propio destino.

Las circunstancias de mi vida están demasiado estrechamente relacionadas con mi concepción de mí mismo para no haber sido lanzadas por mi propio espíritu desde algún mágico almacén de mi ser. Si hay dolor para mí en estos acontecimientos, debería mirar dentro de mí mismo en busca de la causa, pues soy movido de aquí para allá y hecho vivir en un mundo en armonía con mi concepto de mí mismo.

No puede haber cambio exterior hasta que primero haya un cambio interior. Como es adentro, así es afuera.

La meditación intensa produce una unión con el estado contemplado, y durante esta unión vemos visiones, tenemos experiencias y nos comportamos de acuerdo con nuestro cambio de conciencia. Esto nos muestra que una transformación de la conciencia resultará en un cambio de entorno y de conducta.

Sin embargo, nuestras alteraciones ordinarias de conciencia, al pasar de un estado a otro, no son transformaciones, porque cada una de ellas es tan rápidamente sucedida por otra en dirección contraria; pero cuando un estado se vuelve tan estable como para expulsar definitivamente a sus rivales, entonces ese estado central y habitual define el carácter y es una verdadera transformación. Decir que estamos transformados significa que ideas antes periféricas en nuestra conciencia ahora toman un lugar central y forman el centro habitual de nuestra energía.

Todas las guerras prueban que las emociones violentas son extremadamente potentes para precipitar reordenamientos mentales. Todo gran conflicto ha sido seguido de una era de materialismo y codicia en la que los ideales por los que el conflicto ostensiblemente se libró quedan sumergidos. Esto es inevitable porque la guerra evoca el odio, que impele a un descenso en la conciencia desde el plano del ideal hasta el nivel donde se libra el conflicto. Si nos dejáramos despertar tan emocionalmente por nuestros ideales como nos dejamos despertar por nuestras aversiones, ascenderíamos al plano de nuestros ideales tan fácilmente como ahora descendemos al nivel de nuestros odios.

El amor y el odio tienen un poder transformador mágico, y crecemos por su ejercicio hasta la semejanza de aquello que contemplamos. Por intensidad de odio creamos en nosotros mismos el carácter que imaginamos en nuestros enemigos. Las cualidades mueren por falta de atención, de modo que los estados poco amables bien podrían borrarse imaginando “belleza en lugar de cenizas y gozo en lugar de luto” en vez de mediante ataques directos al estado del cual quisiéramos liberarnos. “Todo lo que es amable y de buen nombre, en esto pensad”, pues nos convertimos en aquello con lo cual estamos en sintonía.

No hay nada que cambiar sino nuestro concepto de nosotros mismos. La humanidad es un solo ser a pesar de sus muchas formas y rostros, y hay en ella sólo tal aparente separación como la que hallamos en nuestro propio ser cuando soñamos. Las imágenes y circunstancias que vemos en los sueños son creaciones de nuestra propia imaginación y no tienen existencia salvo en nosotros mismos. Lo mismo es cierto de las imágenes y circunstancias que vemos en este sueño de la vida. Revelan nuestros conceptos de nosotros mismos. Tan pronto como logramos transformarnos a nosotros mismos, nuestro mundo se disolverá y se reconfigurará en armonía con aquello que nuestro cambio afirma.

El universo que estudiamos con tanto cuidado es un sueño, y nosotros los soñadores del sueño, eternos soñadores soñando sueños no eternos. Un día, como Nabucodonosor, despertaremos del sueño, de la pesadilla en la que luchamos con demonios, para hallar que en realidad nunca dejamos nuestro hogar eterno; que nunca nacimos y nunca hemos muerto salvo en nuestro sueño.

Fin.

No hay nada que cambiar sino nuestro concepto de nosotros mismos.

PDF Original

Descarga el PDF original de La Búsqueda para leerlo sin conexión o guardarlo en tu biblioteca.